sábado, 23 de febrero de 2013

EDMUNDO HERRERA

EDMUNDO HERRERA
1934 -
(chileno)

A LA MAESTRA QUE ME ENSEÑO A LEER

Navegas adherida a mis manos donde la clara infancia,
maestra pura, bocina poderosa,
linterna que alumbra mi navío.
Todos los caminos te señalan. Si interrogo
tanto naipe disperso,
si penetro a casas a descifrar saludos, ahí estás tú.
Si viajo a tentar suerte en algún jeroglífico,
tu lápiz enarbolo. Te bebía diariamente a sorbos lentos,
llegaba con papeles bajo el brazo a trazar
el dulce abecedario. Días enteros muy cerca de tus ojos;
te tocábamos alegres, partíamos las nueces y tú, banco en banco,
revoloteabas como en un mar de pétalos.
Siempre regresa tu voz de marzo a diciembre. Veo tu sonrisa
debajo de los años, ahora tengo lápices, cuadernos
de otros niños en mis manos. Más de alguna vez me tiembla
el habla en las mañanas cuando estoy con los muchachos. Ellos
irán luminosos por el alba, yo me quedaré cantando en el camino
y tú, maestra amiga, seguirás volando en el espacio.
A veces una boina en invierno te adornaba,
mi abuelo me traía una camelia y yo me iba contento
a saludarte. Qué importaban los pies desnudos, maestra buena,
era de ver tus ojos puros de mañana. Y siempre lápiz,
cuaderno y mano por bandera. Cada vez que toco un libro
te recuerdo, encuentro la ventana que abrías
y el sol jugando entre los bancos.
Tu mano rural encima de mi mano pobre, ay, maestra,
árbol frutal, limpa manzana, agua que bebo todavía.
Navegas para siempre adherida
a mi sangre.
Aquella lámpara que encendiste una mañana
aún destella azul
por los caminos.

1 comentario:

  1. Era yo muy joven cuando Edmundo me leyó este poema y nunca lo olvidé y pensé aquel día que habría sido lindo tener una masetra o un maestro alguna vez en mi vida... Nunca fue. Pero este poema, es una casa donde desde la ventana una dama ya extinta me saluda y me dice que sea feliz, pese a todo...

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